Una visita al centro de Guadalajara

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Nos vemos mañana a la 1 en el salón. Traigan calzado cómodo.” Fue el mensaje que vi de Héctor en el grupo de Facebook. No me pareció nada extraño, supuse que íbamos a hacer alguna actividad dentro del ITESO. Al siguiente día, vi que estaba muy equivocado: salimos de paseo al centro de Guadalajara.

El medio elegido fue el Tren Ligero. No es la primera vez que lo tomo, así que no significó nada nuevo para mi. Lo que sí fue algo nuevo fue la estación en la que nos bajamos, la del Santuario. Lo primero que me llamó la atención al salir fue una iglesia ubicada a la mitad de Federalismo. Ya la había visto cuando paso ahí en auto, pero es muy diferente verla desde el auto con las prisas que poder verla con calma como peatón.

Caminamos unas cuantas cuadras hasta llegar al Santuario de la Virgen de Guadalupe. Lo que me llamó la atención en el camino fue la cantidad de edificaciones antiguas muy deterioradas. Me recordó a esas imágenes que nos suelen proyectar de la Habana para demostrar las incapacidades del régimen de los Castro. Pues bien, sin estar en Cuba y sin tener un régimen comunista podemos ver que hay una parte importante de Guadalajara en una situación parecida.

Llegamos al Santuario. A pesar de haber una valla enorme que impide pasar al jardín, pude recordar ese lugar: estuve ahí la noche del 1 de noviembre de 2011. Lo recuerdo bien porque esa noche – en mi primer semestre en Guadalajara – fui con unos amigos al Panteón de Belén. Estaba llenísimo los boletos para entrar eran para la 1 am, así que decidimos matar el tiempo paseando y llegamos hasta ese parque. Pues bien, ahora no hay parque, sólo la construcción de una de las estaciones de la Línea 3 del Tren Ligero que no sabemos con certeza cuándo irá a terminar. De lo que sí tengo certeza es que mientras siga esa construcción ni loco vuelvo a caminar por esa zona a las 11:30 pm.

Nos vamos del Santuario para dirigirnos a uno de los jardines donde reubicaron a los locatarios del Mercado Corona. Todos sabemos que el Mercado Corona se incendió pero pocos saben (porque yo tampoco lo sabía) qué había sido de las personas que ahí trabajaban. Entre el montón de puestos temporales adaptados por el Ayuntamiento de Guadalajara encuentro uno de especias y compro una bolsita de canela molida por sólo 10 pesos (quizás habría pagado el doble en un supermercado). Platico con la señora que me atendió y ella muy optimista me dice que para septiembre ya podrán volver al nuevo Mercado Corona, que me dice que será más limpio y bonito sin que tenga que pagar más por su renta.

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Unos cuantos locales más lejos encuentro uno de miel. Soy fanático de la miel de abeja y pregunto por el precio del bote pequeño. 15 pesos, me dice el señor que me atiende. Una vez más, en un supermercado hubiera pagado el doble. La diferencia con mi primera compra es que este señor sabe que en septiembre estará listo el nuevo mercado pero no sabe nada más, ni se ve muy interesado. Así, sigo recorriendo el mercado y encuentro una sección de pócimas y hechizos. Me parece algo de lo más kitsch pero hay gente que se toma en serio eso, tanto que veo a mujeres comprando pócimas de amor y señores comprando yerbas para hacerse una limpia.

Ahí termina mi visita. Son casi las 15:20. El profesor nos invita a quedarnos a comer en los puestos que están también ahí, pero tengo una junta a las 16:00 y tengo el tiempo justo para regresar al ITESO. Ningún compañero se queda, todos nos regresamos en manada y tomamos el tren ligero. Todos nos bajamos en la estación Periférico Sur y tomamos el transporte del ITESO. Me bajo de la furgoneta. Son exactamente las 16:00. Así termina mi clase de la semana de Conocimiento y Cultura.

Creer, saber, conocer

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¿Qué es creer, saber y conocer? Nuestro sentido común nos dice que son conceptos diferentes, aunque no sabemos exactamente cuál es la diferencia. Así, el filósofo Juan Villoro – el mismo que nos enseña a ver el EZLN desde otra perspectiva – nos ayuda a problematizar estos conceptos y encontrar su relación y significado.

Villoro, utilizando los diálogos de Platón como referencia, nos dice que hay dos maneras de entender estos conceptos: el análisis en el Teetetes y el enfoque del Menón.

En el siguiente diagrama se explica someramente el significado y la relación entre estos conceptos.

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Como podemos ver, de entrada hay una relación entre el creer y el saber. Basándonos en el Teetetes platónico, creer es poder afirmar algo sin poder estar enteramente seguros. “Yo creo que MVS despidió a Aristegui porque así lo ordenó el gobierno federal”, es algo que cualquiera puede afirmar, estemos en lo correcto o en lo falso. Esta última palabra es la diferencia fundamental entre las creencias y un saber; para poder decir que sabemos algo, necesitamos comprobar que esto es verdadero, justificarlo y poder encontrar una relación lógica. “Yo que MVS despidió a Aristegui por presión del gobierno”, esto es algo que menos gente podrá decir y que requiere de algo para poder justificarlo.

Considero que el Teetets y el Menón no son mutuamente excluyentes (y sería raro afirmar eso puesto que proceden del mismo autor), sino que el Menón viene a ser un complemento, “la cereza del pastel” del Teetetes para poder comprender mejor estos conceptos.

En las ciencias naturales es fácil poder decir que se puede saber algo. Al final de cuentas el método científico busca ser una manera de poder llegar al conocimiento real y puro. Sin embargo, en las ciencias sociales, como las Relaciones Internacionales, no se puede decir que se sabe de algo de forma tan sencilla. El mainstream de las Relaciones Internacionales podría decir que algo es verdadero si hay una teoría objetiva que lo sustente. Sin embargo, las nuevas visiones postestructuralistas, posmodernas y constructivistas nos harían dudar de estas verdades y nos dirían, en resumidas cuentas, que no hay verdades absolutas sino que las “verdades” son subjetivas y se forman más bien por una construcción social. Desde esta perspectiva, podemos decir que la epistemología de Platón y Villoro se queda un poco corta con relación a estos paradigmas que han ido surgiendo en los últimos 30 años.

Referencias

No dar las cosas por sentadas

Who made up all the rules?
We follow them like fools,
Believe them to be true,
Don’t care to think them through

And I’m sorry, so sorry
I’m sorry it’s like this
I’m sorry, so sorry
I’m sorry we do this

And it’s ironic too
‘Cause what we tend to do
Is act on what they say
And then it is that way

And I’m sorry, so sorry
I’m sorry it’s like this
I’m sorry, so sorry
I’m sorry we do this

Who are they?
Where are they?
How can they possibly
Know all this?
Who are they?
Where are they?
How can they possibly
Know all this?

Do you see what I see?
Why do we live like this?
Is it because it’s true
That ignorance is bliss?

Who are they?
Where are they?
How do they
Know all this?
And I’m sorry, so sorry
I’m sorry it’s like this

Do you see what I see?
Why do we live like this?
Is it because it’s true
That ignorance is bliss?

And who are they?
Where are they?
How can they

Know all this?
And I’m sorry, so sorry
I’m sorry we do this

“¿Quién inventó todas las reglas? Las seguimos como tontos. Creemos que son ciertas, no nos interesa pensarlas a profundidad.” Así empieza la canción con la que decido acompañar el post de esta semana. Y no me refiero únicamente a las reglas escritas en la ley, sino a todas las convenciones sociales que damos por hechas, sin molestarnos en intentar entender de dónde surgieron o por qué son así. Para eso usaré el ejemplo del género y de la tecnología.

¿Las mujeres son de Venus y los hombres de Marte? Quizás la respuesta es que sí (y hasta hay un best seller rondando por ahí que tiene ese título). Lo que no nos debe importar es si hay diferencias biológicas entre un hombre y una mujer (que no se necesita tener un doctorado en ciencias biológicas para conocer la respuesta de esta pregunta), sino en qué diferencias son establecidas por la sociedad y cómo identificarlas. Los hombres tienen pene y las mujeres tienen vagina, eso nos queda en claro (Aunque esto tampoco es definitivo, no por nada hablamos de la intersexualidad la semana pasada), pero ¿el azul es de niños y el rosa es de niñas? ¿el niño que llora es una “mariquita” y la niña que juega con carritos de juguete es una “marimacha”? No hay nada en nuestro genoma que establezca estas cosas, sino que más bien se tratan de construcciones  – o convenciones – sociales que se van creando a través del tiempo en las sociedades.

Estas cuestiones son tan cambiantes que apenas hace 100 años esto era al revés, el rosa era el color de los hombres y el azul el de las mujeres. Sin embargo, hoy en día está muy establecido que el color de las niñas es el rosa y que tienen que jugar con muñecas, y que el de los niños es el azul y que tienen que jugar con autos y figuras de acción (que no es otra cosa que una muñeca para hombres, pero como las muñecas son de “niñas”, pues no se puede llamar así). Así, podemos encontrar que en esta convención social sobre los roles de niños y niñas están presentes los cinco puntos de Geertz sobre el sentido común, por lo que está bien enraizado en la sociedad y no es fácil darnos cuenta de las restricciones que imponen a los niños en su día a día. Recuerdo que cuando tenía seis años una vez jugué a las barbies con una amiga y un vecinito me dijo que yo era una niña por eso; ah, pero cuando jugaba con mis Max Steel nadie decía nada.

Con la tecnología sucede algo curioso, damos por sentado que el mayor acceso a internet nos beneficia y no trae ningún mal. Hoy en día vivimos en una en donde, como dice Joseph Nye, pasamos de tener que buscar información a tener que saber filtrar información. Páginas como Wikipedia han creado una revolución en la forma de consultar – y generar – información: pasamos de las enciclopedias de papel que eran escritas por unos pocos expertos en la materia a pasar a una gigantesca red de colaboradores, donde todo el mundo puede editar, a lo largo del mundo. En palabras del propio fundador de Wikipedia, Jimmy Wales, este modo de trabajar se basa en la idea del orden espontáneo de Friedrich Hayek. Sin embargo, un efecto quizás no previsto del internet es que, de acuerdo a autores como Nicholas Carr, está modificando para mal la manera en la que funciona nuestro cerebro, acostumbrándolo a obtener información rápida y sintetizada. Es algo en lo que estoy de acuerdo porque me pasa a mi también, hay veces que estoy leyendo un libro de papel que inconscientemente el botón de buscar palabras, o cuando estoy viendo una película en el cine quiero mover el cursor para ver cuántos minutos faltan de película. Como también sugiere Vargas Llosa, tampoco se trata de satanizar al internet, sino se ser conscientes del cambio que está ocurriendo en la manera en la que conocemos y procesamos este conocimiento, es decir, en nuestra epistemología como especie.

Como estos ejemplos hay muchos. No tenemos que tener miedo y creer que este mundo no tiene sentido, sino de poder estar conscientes de las construcciones sociales y de las maneras de generar y recibir conocimiento para poder tener una perspectiva más crítica.

XXY, la intersexualidad llevada al cine

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La semana pasada hablé sobre el sentido común como sistema cultural, poniendo el ejemplo de la intersexualidad. Pues bien, como el cine no sólo sirve para divertirnos sino también para conocer otras realidades hoy vengo a hablar de una buena película que ejemplifica muy bien la situación que viven las personas intersexuales en nuestra sociedad: XXY de la argentina Lucía Puenzo.

Atención, puede que se me salga uno que otro “spoiler” de la película.

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El sentido común como sistema cultural

Podemos desconfiar de muchas cosas, pero si hay algo que damos por sentado de ser una verdad objetiva e inmutable, ese es el sentido común. Incluso es muy normal escuchar la frase de que el sentido común es el sentido menos común de todos. ¿De verdad el sentido común es objetivo y universal? Clifford Geertz nos hace reconsiderar esto mediante una aproximación a distintas culturas.

Tras observar la manera de actuar de varias culturas – y haciendo un énfasis en los estadounidenses, los navajos y una etnia keniata – Geertz llega a la conclusión de que el sentido común es también una construcción social. Para esto, utiliza un hecho, la intersexualidad o hermafroditismo, para ver la manera en la que cada una de estas culturas reacciona a esta dependiendo de su “sentido común”. La respuesta es que cada cultura tiene un “sentido común” distinto hacia este mismo hecho.

Los estadounidenses ven a los hermafroditas como seres innaturales que incluso infunden terror, que deben ser tratados psicológica y médicamente para que puedan adoptar el rol de un hombre o de una mujer. El pueblo navajo, por su parte, considera que tener genitales masculinos y femeninos es una bendición y se les da a los hermafroditas un lugar privilegiado dentro de la sociedad. Los pokot de Kenia condenan a los intersexuales al ostracismo, si es que no los matan después de su nacimiento como a cualquier otro bebé con “problemas” físicos. La diferencia entre los pokot y los estadounidenses es que los primeros sí ven a la intersexualidad como algo natural, pero que al final de cuentas no es deseable porque no brinda beneficios sociales.

Así, vemos que hablar de sentido común no es otra cosa que hablar de un constructo social de aquello que colectivamente consideramos que es normal o no, y de igual manera este sentido común puede moldear las pautas de comportamiento. Esto último me parece importante sobre todo cuando se ve el choque de culturas en un mismo espacio geográfico, como sucede en el sur de Estados Unidos, donde reside una gran población de origen hispánico. Mientras que para un hispano lo más común es privilegiar sus intereses personales sobre una ley que a lo mejor no tiene mucho sentido (y por eso llama “gringo pendejo” al estadounidense que maneja lento por el límite de velocidad), un estadounidense podría pensar que lo común y sensato es respetar las normas viales porque por algo están establecidas (y por eso llama “mexicano salvaje” al hispano que supera el límite de velocidad).